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martes, diciembre 02, 2008

Un despertar

"Una vez más, recomiendo sueños. Vivimos y sentimos tan bien en sueños como en estado
de vigilia, y ambos son igual de buenos. Entre los privilegios del ser humano se encuentra el de soñar y saber que sueña. Por desgracia, no se ha hecho buen uso de esto. El sueño es una vida que, sumada al resto de nuestra existencia, forma lo que denominamos vida humana.
Los sueños se van diluyendo paulatinamente en el estado de vigilia, y no se sabe dónde comienza el estado de vigilia de un hombre" (G.C.Lichtenberg, en Ed. Valdemar.)


En ese tránsito entre soñar y despertarse -todavía soñando y ya despiertos- se han volcado los poetas -y los técnicos del alma-. Lourdes me hace llegar este ejercicio de Octavio Paz (miré hacia dentro... y Yo no estaba...)


UN DESPERTAR



Dentro de un sueño estaba emparedado.
Sus muros no tenían consistencia
ni peso: su vacío era su peso.
Los muros eran horas y las horas
fija y acumulada pesadumbre.
El tiempo de esas horas no era tiempo.



Salté por una brecha: eran las cuatro
en este mundo. El cuarto era mi cuarto
y en cada cosa estaba mi fantasma.
Yo no estaba. Miré por la ventana:
bajo la luz eléctrica ni un alma.

Reverberos en vela, nieve sucia,
casas y autos dormidos, el insomnio
de una lámpara, el roble que habla solo,
el viento y sus navajas, la escritura
de las constelaciones, ilegible.



En sí mismas las cosas se abismaban
y mis ojos de carne las veían
abrumadas de estar, realidades
desnudas de sus nombres. Mis dos ojos
eran almas en pena por el mundo.
En la calle sin nadie la presencia
pasaba sin pasar, desvanecida
en sus hechuras, fija en sus mudanzas,
ya vuelta casas, robles, nieve, tiempo.
Vida y muerte fluían confundidas.



Mirar deshabitado, la presencia
con los ojos de nadie me miraba:
haz de reflejos sobre precipicios.
Miré hacia adentro: el cuarto era mi cuarto
y yo no estaba. Al ser nada le falta
-siempre lleno de sí, jamás el mismo-
aunque nosotros ya no estemos... Fuera,
todavía indecisas, claridades:
el alba entre confusas azoteas.
Ya las constelaciones se borraban.

sábado, mayo 31, 2008

lichtenberg, sacándole jugo a la máquina de pensar


Me voy a permitir glosar una “opinión” de Lichtenberg, basándome en el libro “Aforismos, ocurrencias y opiniones”, publicado por la Editorial Valdemar y traducido por Jose Rafael Hernandez Arias.

1.- En 1797 murió durante el parto de su primogénito la condesa Handerberg. Tenía 20 años y era tenida por muy hermosa; su muerte desató un gran duelo. Extrajeron de su vientre al varoncito muerto y lo colocaron entre los brazos de su madre, y transportaron el ataúd hasta el camposanto en una destartalada carroza fúnebre, en medio de una espontánea procesión de antorchas. Antes de darles sepultura, se abrió la tapa para que se le pudiese dar el último adiós: la condesa había perdido su postura inicial, y se encontraba entonces en postura fetal, dando cobijo a su hijito contra su regazo.
Lichtenberg conocía bien a esa familia y recibió, como todos, la cruel impresión de ver una juventud tronchada.

2.- Una noche. Lichtenberg se soñó contando este suceso a dos personas que también lo conocían. Lo narró con calor y con compasión, pero llegó al final de su relato sin haber incluído el cuerpo del nonato en el retrato de lo que sucedió. Entonces, el tercer hombre incluyó el detalle “Sí, y el niño estaba a su lado, de tal y cual manera”. “Sí, continué yo algo enojado, y el niño se encontraba cabe ella en el ataúd”. Y se despertó.

3.- Lichtenberg se interroga: “¿Porqué, para contar aquello, escogí una fórmula en la que yo me olvidaba de un detalle; otro me la recordaba, produciéndome enojo y vergüenza? Si hubiese contado ese relato estando despierto, no habría olvidado un elemento tan conmovedor… ¿Qué pretendía contando así, con protagonista, testigo y antagonista algo de esta naturaleza?”
4.- Aporta una solución, dejando dicho que se le ocurren muchas, y que bien vale la pena seguir preguntándose por los significados de este lapsus. Dice que, a menudo, tras haber entregado a imprenta un trabajo, justo cuando ya no puede ponerse a remediar nada, sueña con imperfecciones de lo entregado y ve errores y carencias incluso garrafales. Se trataría en este aso sencillamente de una dramatización de esa dinámica suya de trabajar, entregar y advertir demasiado tarde fallos evitables y zonas mejorables. Lo llama “una reflexión dramatizada”.

5.- El sueño no iba pues de aquellos sucesos, largamente comentados y conocidos, sino de “ a ver si te vas enterando de que entregas tus resultados demasiado pronto y lo acabas pagando con enojo y sonrojo…”

domingo, julio 30, 2006

Lichtenberg

Sueños y Realidad.- 2


"Hallándome de viaje, comía en una posada, o más exactamente en una barraca al borde del camino, donde jugaban a los dados. Frente a mí estaba sentado un joven de buen aspecto, que parecía un poco atolondrado y que, sin preocuparse de la gente, comía su potaje; sin embargo lanzaba al aire una cucharada cada dos o tres, la recibía de nuevo en la cuchara y la tragaba tranquilamente.
Lo que constituía para mí la singularidad de aquel sueño, era que yo hacía mi observación habitual: que tales cosas no pueden inventarse, que hay que verlas (quiero decir que jamás un novelista hubiese tenido una idea parecida); y sin embargo yo acababa de inventar eso aquel mismo instante.
En la mesa donde se jugaba a los dados había una gran mujer delgada que hacía punto. Yo le pregunté qué podía ganar. Ella dijo: ¡nada!, y cuando le pregunté si podía perder algo, dijo: ¡no! – Este juego me parecía muy importante".
(febrero 1799). Pg. 52. Lichtenberg, en ANDRE BRETON Antología del humor negro


Esta traducción de un sueño de Lichtenberg aparece en la edición de Anagrama de la imprescindible Antología del Humor Negro, obra de André Breton de los Herreros. Ediciones Valdemar publicó en el año 2000 una selección de aforismos de este autor germano (1742-1799). Incluido entre lo publicado, este sueño mantiene su sabor paradójico en la traducción de J.R. Hernandez Arias, y resalta topográficamente un detalle que no es señalado en la otra edición:
“Lo que me parece especialmente extraño en el sueño es que realicé mi observación habitual de que estas cosas no se pueden inventar, de que se han tenido que ver (a ningún novelista se le hubiera ocurrido) y, sin embargo, lo inventé en el instante.”

Parece como si el sueño recibiese ayuda de los mismos mecanismos que nos ayudan a aceptar como real el inverosímil, vertiginoso devenir cotidiano. Se nos presentan a los sentidos tal cantidad de prodigios sucesivos… y los aceptamos, los integramos, les damos Label de Producto Propio, Appelation Controllée. Verano 2006: en la otra punta del Mediterráneo autonombrados Judíos y Hezbollistas se masacran; tras el primer impacto, “No pienses”, me digo, y lo acepto.

Muchas gentes dicen “es horrible, cómo me acostumbro, cómo nos acostumbramos, cómo anestesiamos nuestra sensibilidad tras quince o veinte muertos, tras unas cuantas tragedias”. Comparto su horror y me pregunto al mismo tiempo por el cómo, cómo es que logramos hacerlo, mediante qué nos sustraemos a impactos excesivos, mediante qué aceptamos sucesivamente la existencia de átomos, de virus, de quarks, de galaxias, de tsunamis…
Si miro a los sueños, veo, como lo hizo Lichtenberg, como tantos otros que conjeturo anteriores a él, mecanismos que sirven para eso: para que lo excesivo se nos haga, lo antes posible, ordinario.

(Aún advierto una segunda discrepancia entre ambas traducciones. El la versión de Breton, aparece al final la fecha Febrero 1799. La de Hernández, comienza así: “En la noche del 9 al 10 de Febrero de 99 soñé que…”. En los datos que manejo, nuestro autor falleció el 24 de Febrero de 1799, es decir, 14 días después de ese sueño, y aún menos de esta anotación suya. Dos cosas nos dicen estas fechas: La disposición de su espíritu a dos semanas de su óbito y que daba valor e importancia a un juego en el que nada se podía ganar, nada se podía perder. Parece considerar con ecuanimidad. Y me parece una valiosa metáfora sobre la misma vida humana para un momento tan especial como la víspera del tránsito).